La velada surrealista de Marthaler

el balcón de la espera

Leí hace poco que Umberto Eco afirmaba que el principal idioma de Europa es la traducción. Toda traducción requiere inevitablemente una interpretación, seguramente sería lo necesario para (re)pensar la obra King Size del suizo  Christoph Marthaler. ¿Pero cómo se (re)interpreta en la sociedad actual el surrealismo? ¿Qué lugar ocupa, cuál es su función? ¿Cómo lo digiere el público? No es mi intención contestar estas preguntas, pero me alegro que la obra me las suscite.

Últimamente tengo una tendencia a empezar analizando cada obra que veo en función de donde vienen, de su contexto, me ayuda a entenderlas y a ubicarlas dentro de nuestros escenarios más próximos. No es suficiente, lo sé, pero para mí es más que necesario. Desde esta perspectiva King Size es una obra esencialmente europea, enfatizando su carácter centro europeo. No creo que ni en Catalunya ni en España alguien pudiera crear algo semejante. Y es una pena porque tenemos dos enormes referentes del surrealismo como son Buñuel y Dalí. Pero la tradición surrealista en este lugar diverso y complejo se evaporó.

No se puede dudar de que King Size se inspire en la influencia del dadaísmo, movimiento artístico nacido en Zurich ciudad de Marthaler y quién sabe si en los espectáculos del cabaret Voltaire dónde no se dudaba en ridiculizar y burlarse de todo arte burgués y oponerse al concepto de razón. De esta manera decir que Marthaler reivindica el surrealismo en un momento dónde el surrealismo ha dejado de existir o tal vez esté en lista de espera, tanto en el cine dónde goza de grandes obras, como en la pintura de neovanguardia contemporánea, como en las artes escénicas en general. Tal vez como público no estemos familiarizados con este tipo de propuesta y nos desoriente en cierto sentido, cosa que por otra parte demuestra su necesidad de existir, todo aquello que desubique al encantador espectador siempre debe ser tenido en cuenta.

El tiempo en el teatro

King Size comienza invirtiendo las reglas del juego y el tiempo. Justo después que desde la sala se avise al espectador con el recurrente ruego de que se mantengan los móviles apagados y que no se pueden hacer fotografías del espectáculo, una voz nos permite y yo diría que casi nos incita o al menos nos provoca a tener el móvil encendido, abrir caramelos ruidosos, toser y otras cosas molestas y misteriosas que le ocurren al espectador de teatro. Las nuevas reglas se repiten en cinco idiomas, creando el segundo desconcierto entre el público pues lo que es un simple anuncio se convierte en un aspecto del tiempo del relato.

Lo mismo ocurre con el primer personaje que encontramos ya dormido en la cama. Se levanta y se viste completamente, con el ritmo cotidiano, con el ritmo real de los acontecimientos, algo rechazado en todas las teorías de escritura de teatro o de guión. En el teatro es más difícil que en el cine hacer elipsis pero el ritmo en una obra siempre está absolutamente previsto y cualquier cosa que haga decaer el ritmo es excluida, con la idea de que menos es más. En cambio Marthaler se permite el lujo de peinar a un calvo y de que éste con toda la calma se vista y se ponga guapo.

El juego del ritmo continúa cuando lo que parecen dos sirvientes o tal vez debería decir empleados del hogar, ya cantando, hacen la cama para justo después deshacerla y meterse en ella. Son dos pequeños detalles que hacen que el director juegue con brillantez con el ritmo y frustre las expectativas de un espectador ávido de ritmo narrativo.

¿Pero de que va realmente King Size? 

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