Crisis económica y cultura

The Economy Journal. com 10/02/2014

Es pura coincidencia que cinco años después de que la Asamblea General de la UNESCO aprobara el Convenio sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, una de las piedras angulares de este documento se ponga en tela de juicio por muchos de los países firmantes? 

Mal negocio hizo el ciudadano el día que permitió que lo cultural fuese catalogado simplemente como “producto cultural” al arbitrio de una “industria cultural” que, como todas las industrias, pierde de vista el criterio de calidad al supeditarlo al de rentabilidad comercial

Hasta la reciente eliminación del tipo reducido del IVA para los espectáculos y los servicios artísticos (el brutal incremento del 8% al 21%) poca gente, incluidos los operadores culturales, era consciente de la importancia de los beneficios fiscales para los sectores de la cultura en España. 

Me han solicitado que explique el siguiente enunciado: Como he dicho en muchas ocasiones, los “ricos” -para hablar en antiguo- no necesitan tener un Ministerio de Cultura ¿Para qué? ¿Qué significa hablar en antiguo? 

El conjunto de las industrias culturales ocupa un lugar estratégico en la economía mundial. Los millones de dólares que mueven alrededor del globo y los porcentajes crecientes que ocupan en la composición del PIB atraen la atención del capital trasnacional.

Los influyentes antropólogos Alfred Kroeber y ClydeKluckhohn compilaron en 1952 una lista de 164 definiciones de cultura, lo cual pone de manifiesto la complejidad del asunto. 

A pesar de ser un Derecho Humano fundamental, las medidas de austeridad y lucha contra el déficit están poniendo en riesgo los logros de las últimas cuatro décadas en el acceso a la cultura, ya que cada vez menos personas pueden ejercerlo. 

El sector del libro, al igual que ha ocurrido en el resto de industrias culturales y en el resto de las industrias españolas, también se está viendo afectado por la situación de crisis económica y financiera. 

También la cultura se ha convertido al consumo, echando con ello por tierra aquélla visión de los románticos que la interpretaban como algo elevado, propio de las élites, un lujo al alcance de muy pocos. Y ello, claro está, acarrea la aparición de nuevas formas de expresión, una banalización de los contenidos y hasta una mutación del propio concepto de cultura. 

Las preguntas -más bien las dudas- en torno al futuro del cine son parte cotidiana del debate de las industrias culturales en los últimos años, en particular con el ascenso del ocio doméstico (in-home) y del consumo frecuentemente ilegal de contenidos audiovisuales a través de las redes telemáticas, cada día más rápidas y ubicuas. La producción cinematográfica, sin embargo, no es la parte de la cadena de valor audiovisual que se está resintiendo de estas presiones, al menos así lo muestran los datos difundidos por UNESCO en el reciente informe Emergingmarkets and thedigitalization of the film industry (2013).

Cuando era pequeña quería ser cantante. Me fascinaba la idea de estar encima de un escenario y que todo el mundo me mirase apreciando mi talento y después me aplaudiese. Al cabo de los años descubrí que lo que quería realmente no era estar encima de un escenario cantando, no porque se me diese mal, sino porque lo que de verdad me fascinaba era poder compartir lo que esas canciones me hacían sentir, es decir, transmitir mis emociones al público. Así descubrí el teatro. Así descubrí la magia de conectar con aquelloque sentía y ver el efecto reflejado en quienes me miraban. Es un momento único y los actores estamos hambrientos por poder vivirlo y saborearlo.

¿Pensábamos que las bibliotecas iban a ser diferentes a los hospitales o a los colegios públicos? ¿Creíamos que, estando en su mayoría las bibliotecas sostenidas con fondos públicos, no nos iban a recortar también a nosotros?. Porque nos piden un artículo sobre cómo ha afectado la crisis a las bibliotecas.

El imperio del periódico de papel está a punto de desaparecer engullido por el mercado de la información, más exactamente de la comunicación digital.

La actualidad y futuro de nuestras orquestas sinfónicas en España es inquietante. La actual crisis económica que estamos atravesando está también creando un fuerte impacto en nuestras orquestas. 

El cierre provisional del palacio de la ópera de Valencia por desprendimientos en su fachada se une a la paralización de los estudios de cine de Alicante y al fundido en negro de la radiotelevisión autonómica.

Sabemos desde que Heráclito le diese forma, que los entes asientan su unidad gracias al movimiento de fuerzas contrarias: lo negativo encierra lo positivo. Por eso, lo malo contiene también una componente buena y, en el ámbito de la cultura, los valores se han transmutado en estos años de entronización de la Troika en Grecia. 

Demostrar que el sector cultural tiene una gran capacidad de generación de riqueza, crecimiento y empleo ha sido una de las preocupaciones de no pocos analistas investigadores y otros agentes durante las últimas décadas. 

Había una época en que el Estado financiaba a la industria del cine, ahora ocurre todo lo contrario y se lo voy a demostrar a lo largo de este artículo. La crisis económica nos ha cogido a todos de lleno, aunque, a unos más que otro, bien es cierto. Para la industria del cine amén de la crisis, la subida del IVA ha llevado a nuestro sector a una situación más que crítica y el pasado 2013 ha sido el peor de toda la historia del cine. Solo ha sido bueno para el ministerio de Hacienda que ha visto incrementados sus ingresos muy considerablemente, en detrimento de todo un sector que da empleo a miles de personas y que si no se buscan soluciones, la remontada del sector va a ser muy complicada. Y a los datos me remito.

La crisis económica que se inicia en septiembre de 2008 ha desembocado en una crisis cultural. Por una parte, las políticas de austeridad implementadas a lo largo de estos últimos cinco años han dado lugar a un incremento del desempleo y de la pobreza y a una disminución del poder adquisitivo de los ciudadanos, lo que ha desembocado en una disminución de la demanda cultural. Por otra parte, el incremento de la presión fiscal sobre la cultura, con el aumento del IVA aplicado a los productos y servicios culturales (del 8% al 21%), y la disminución de las subvenciones públicas han impactado notablemente la oferta cultural, tanto cuantitativamente como cualitativamente.

No resulta imprescindible solicitar avales académicos o legitimarse tras una avalancha de citas para constatar que la cultura goza, desde sus más remotos orígenes de un aura divina que, ciertamente, no se corresponde con su privilegiada relación con el poder.

Como bien señalan recientes documentos de la Comisión Europea, en el corazón de nuestro tejido social, la cultura da forma a nuestras identidades, aspiraciones y relaciones con los demás y el mundo. También da forma a los lugares y los paisajes en los que vivimos, los estilos de vida que desarrollamos.
El patrimonio, las artes visuales y escénicas, el cine, la música, la edición, el diseño de moda se manifiestan con fuerza en la vida cotidiana, pero la contribución que los sectores culturales y creativos pueden aportar al desarrollo social y económico de la UE aún no está plenamente reconocida.  

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