La decepción y el exceso de Llibert

el balcón de la espera

Tenía una gran expectación por ver la obra teatral de Llibert, sobre todo después de todo el debate sobre las condiciones del mundo del teatro que se generó a partir de lo que se denominó en redes sociales “el cas Llibert” y porque generó el análisis en este blog más leído hasta el momento. El teatro como ejecutor de su desaparición.  

El éxito de público, crítica y el debate alentaban mi deseo. Pero se demuestra que lo previo a un espectáculo no siempre es suficiente. Me es difícil escribir críticas o análisis negativos, porque considero que siempre hay en ellas implícita cierta injusticia. Sobre todo por lo que respecta al trabajo que supone levantar una creación, las horas dedicadas y las dificultades. Pero también es cierto que cuando escribo algo, lo que sea siempre vuelvo a la máxima de Francisco Ayala cuando afirma que todo contenido debería responder a un designio inquebrantable de veracidad (lo que, subjetivamente, quiere decir, sinceridad). Desde el lugar de espectador sincero debo decir que Llibert me ha supuesto una enorme decepción y por supuesto intentaré argumentar esa decepción.

En Llibert, el público ocupa parte del escenario, se sitúa a ambos lado de una escenografía central, minimalista. La protagonista entra a escena y rompe la convención pidiendo al público que apague los teléfonos móviles, quizás este sea el único efecto que incomode al público. La obra empieza con cierta fuerza y pretensión, jugando con lo que será su basa principal, el tratamiento de lo sonoro, pero muy pronto se desmonta para mí. Cuando tienes expectativa sobre una obra, o una película, o un concierto siempre tiendes dar tiempo para descubrir en lo que se te (re)presenta los misterios de lo que deseas, pero lo cierto es que no he podido conectar con la propuesta en ningún momento y desde un principio he sentido una gran desconexión con lo que se representaba. El vídeo que se proyecta con la música que suena deja clara las intenciones y los referentes de Llibert. Tal vez por eso al ver que se proyectaban imágenes de mujeres embarazadas dispares entre si y que entre ellas se encontraran imágenes de la película Juno, me han hecho desconfiar de la profundidad y el tratamiento a lo que es un gran dilema ético el tener un hijo con grave parálisis cerebral y qué  hacer.

El espacio a pesar de ser mínimo, parecía enorme, deshabitado tal vez fuera esa la intención, teniendo en cuenta que se nos quiere transportar a una fría y desolada sala de espera de un hospital pero el efecto no se consigue. Como tampoco el hecho de que la tragedia se nos presente en oscuridad, obligando al público a imaginar que es lo que ocurre tan solo con la narración de lo que acontece, como si la oscuridad fuera el estado en que se sumerge la protagonista tras el trágico suceso de complicarse el parto y tener un bebe con daños cerebrales. La escena se alarga en el tiempo y la confusión que se quiere mostrar no parece obtener la contundencia deseada.

Las actrices se esfuerzan en llenar el espacio, pero sus movimientos no son suficientes y su intensidad es excesiva, a veces hiperexcesiva. No se aprecia fuerza o contundencia ni en el discurso ni en la expresión. Además me descoloca enormemente las referencias localistas y mediáticas que a forma de gag utiliza el texto y las actrices para conectar con el público. Realmente es un gran problema la influencia de la industria del entretenimiento en artes como el teatro.

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